En España, la ingeniería de caminos como tal nació allá por el año 1802 con la creación del Cuerpo de Ingenieros Caminos y Canales. Por supuesto, hacía ya bastantes siglos que la ingeniería civil existía, y se ejercía, siendo prueba de ello eran las innumerables obras heredadas de los romanos, árabes, etc. De hecho, desde que el hombre es hombre, siempre ha querido salvar los obstáculos que le impone la geografía de la mejor manera posible, ayudándose, normalmente, aunque no siempre, de su ingenio.
Si hacemos un viaje de doscientos años atrás nos encontraremos con una sociedad nostálgica de glorias pasadas, arruinada por excesos monárquicos y militares, e incapaz de poder sumarse a la revolución industrial en ciernes. La poca élite existente dormitaba en las profundas fauces de una administración sin ambiciones científicas. Los caminos existentes eran prácticamente la herencia romana de siglos atrás, mal conservada y peor gestionada.
En esa época, solo unos pocos conseguían acceder a una serie de instituciones más o menos científicas, aunque eran sobre todo militares, sin embargo, aun así era insuficiente para las necesidades reales del país, que reinaba en la mas absoluta mediocridad en lo respecta al estado de sus caminos.

Un joven brillante y próspero canario llamado Agustín de Betancourt, después de estudiar en los Reales Estudios de San Isidro, y en la academia de Bellas Artes de San Fernando fue requerido por el Conde de Floridablanca, para formarse en una nueva y exigente institución académica francesa recientemente creada llamada École Nationale des Ponts et Chaussées (ENPC), como una especie de Erasmus, vamos.
Por aquel entonces Francia, cuna de la ingeniería moderna en Europa, ya había entendido y recogido los frutos del renacimiento, poniendo en practica un sistema académico y científico basado en la meritocracia habiendo creado varios de los centros científicos mejor preparados del mundo. Nuestro joven aventurero, da muestras de su potencial y será reconocido con posterioridad en toda Europa.
Ya de vuelta en España, encargado del Real Gabinete de maquinas, publica uno de sus libros más brillantes, convirtiéndose rápidamente en piedra angular de la construcción de maquinas de la época, "Ensayo sobre la composición de las maquinas". Es aquí donde da muestras de su genio y visión futura, creando máquinas que revolucionarían la ingeniería del momento, como la draga a vapor, y otros artilugios para la industria textil y metalúrgica.
Sus contribuciones y mejoras a la maquina de vapor de la época, pasan por viajes subvencionados por el Estado, por Inglaterra, donde se pone en contacto con James Watt, que aunque no le dejó ver el ingenio en el que estaba trabajando, Betancourt se las “ideó” para conocer de primera mano algo que revolucionará la industria moderna, llegando a cometer uno de los momentos mas memorables del espionaje industrial europeo del momento. (Este tío era un crack.)

En ese tiempo se encomienda en Madrid a la fundación y dirección de la Escuela de Caminos y canales, en el Palacio del Buen Retiro, para la formación de profesionales del cuerpo de La Inspección General de Caminos y Canales creado en 1785. Previamente se le había encargado una memoria que explicara con cierto detalle el estado de las infraestructuras del Reino, llegando expresar con crudeza el mal estado de estas, incluyendo perlas como estas:
“... pero, ¿qué proyectos, qué calculos, ni qué aciertos se podían esperar de la clase de estudios, que han hecho la mayor parte de sujetos, que hasta ahora se han empleado en estas obras públicas ...? “
Al poco tiempo, la recién creada Escuela, y otras como la de Minas, Navales e Industriales, se convierten en centros de alto rendimiento científico, donde saldrían algunos de los más grandes ingenieros, (y políticos), del siglo XIX, y XX en España. Aun así, siempre nos hemos situado en la segunda fila del progreso europeo ya que, unas veces por motivos políticos, y otras no se sabe muy bien porqué, España no ha sabido sumarse al tren del progreso.

Mientras tanto, nuestro insigne fundador, Agustín de Betancourt, por aquel entonces ya había ingresado en la Academia de Ciencias de París siendo uno de los científicos mas renombrados del momento. Tanto es así que es invitado por el zar de Rusia Alejandro I, para acometer una renovación en las desgastadas y marchitas infraestructuras del imperio, proponiéndole incluso la creación y dirección del Instituto del Cuerpo de Ingenieros, así como el diseño y la construcción de importantes obras como el Picadero de Moscú, la navegación sobre el Volga, o el Puente sobre el Nekva. Allí permaneció hasta su muerte en 1825, a los 67 años de edad, después incluso de algunas desavenencias con el zar.

Así señores es la historia del nacimiento de esta rama de la ingeniería, muy resumida por supuesto, es la historia de un hombre, que podríamos llamar “de mundo”, que supo ver en la ciencia, la piedra angular del progreso, que ha dejado su impronta por siempre como una de las mentes mas lúcidas de su generación.
